Bonito espectáculo

por Álvaro M. Angulo

Hoy se ha celebrado la votación de la reforma de la Constitución en el Congreso de los diputados. Esta reforma, destinada a establecer por ley un techo de gasto público, ha sido aprobada con 316 votos a favor de la misma. Dichos votos son los correspondientes al grupo formado por el PSOE, PP y UPN. Bueno, dos diputados socialistas han votado en contra y cinco no han asistido al pleno. Durante esta semana se habían presentado diferentes enmiendas al texto. Todas ellas han sido rechazadas. Con la excepción de una errata gramatical en el texto.

Viendo la retransmisión en directo de la sesión uno puede extrapolar diferentes resultados. El cómo, cuando quieren, los dos partidos mayoritarios son capaces de ponerse de acuerdo. Este aspecto es reseñable ya que muestra que todas las diferencias y guerras dialécticas que nos muestran los medios no lo son tanto. También, porque si de verdad tanto los unos como los otros se preocuparan del devenir de nuestro país, tendrían más altura de miras y sentimiento de Estado. De un tiempo hasta ahora los políticos más representativos se han ido desfigurando dando lugar a papeles interpretados por ellos mismos. Parece que los principios que unos y otros defienden y deben de tener, quizá guardados o tal vez anestesiados, se olvidan mientras duran los focos encendidos. Es más, los dos líderes han optado por la opción de estoy pero no me mancho ni abro la boca.

Estamos viviendo en un estado en el que la política de titulares lo impregna todo. Ya no es necesario decir algo. Si no enunciarlo para que llame la atención. Y cuánto de forma más llamativa mejor, más curiosidad y admiración despertará. No es necesario explicar lo que vamos a hacer ni en qué consiste, mientras lo hagamos vendiéndolo de forma que parece que los “otros” están en contra y nosotros en contra de los que los “otros” estén en contra. Es cómo nos distinguimos los “unos” de los “otros” mediante la negación del discurso ajeno y no por el nuestro propio. Y cuánto más ruido hagamos para diferenciarnos más diferentes seremos, y, de paso, se olvidarán de lo que se esconde en el discurso.

Lo peor, además, es comprobar cómo las medidas que plantean parece que son indiferentes. Es difícil trazar una línea que diferencie un planteamiento de otro. El centrismo se ha apoderado de ambos. Estamos llegando a un punto en el que cada vez más nuestros partidos se están pareciendo a los americanos, en donde unos son de derechas y los otros más aún. Porque lo del centro no existe. Tampoco creo que la distinción entre izquierda y derecha, tan tradicional y establecida, nos sirva ya estos días. Nos encontramos con formas de enfocar la política, en la que las diferencias entre unos y otros se han difuminado tanto que resultan casi imperceptibles. Pero no es del todo cierto. Si para diferenciarse unos tienen que demostrar que ellos son, de verdad, pero de la buena, más de derechas o más de centro la que se nos avecina va a ser de órdago viendo la actuación del partido de izquierdas.

En este grisáceo entorno de partidos mayoritarios hemos visto como los denominados minoritarios abandonaban la sesión antes de la votación. Un gesto de desaprobación y protesta, pero al final, un gesto nada más. Por su parte CIU se ha quedado para abstenerse. También UPyD para votar en contra. Y Gaspar Llamazares. El único diputado de IU también se ha quedado. Solo. Viendo como las votaciones en contra de las enmiendas presentadas eran tumbadas una por una por el mismo número de diputados. En esto que el señor Llamazares ha decidido vetar una enmienda que habían pactado PSOE, PP y CIU para que no se votara. Una acción que le honra, pero que le ha mostrado la soledad en la que se encontraba. Pero más que eso la impotencia de la que padecía.

Ahora la reforma viaja al Senado. Allí presenciaremos algo parecido. No parece que nada vaya a cambiar en la Cámara alta. Mientras tanto, en las puertas del Congreso unos cuantos ciudadanos se manifestaban en contra. Unos cuantos gritos en medio del desierto que no tienen pinta de ser escuchados. De aquí a final de mes tendremos nuestra Constitución reformada sin referéndum alguno de por medio. Para bien, esperemos; pero no tiene pinta. Tendremos que esperar cerca de diez años para comprobarlo. ¿Hacía falta tanta premura para realizarla? No, a no ser que la intención fuera calmar la incertidumbre de los mercados y de nuestros socios europeos (llamémosles Francia y Alemania por ejemplo). A los primeros parece que les da lo mismo una cosa que otra, mientras saquen tajada, y en río revuelto ya se sabe… ganancia de especuladores. Mientras que los segundos supongo que estarán más contentos de comprobar que siguen siendo los que controlan el euro y la zona. Mientras tanto seguiremos viendo la retransmisión del bonito espectáculo que vivimos y lo que nos queda por ver y oír antes de las elecciones de noviembre.

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Una respuesta a “Bonito espectáculo

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